Bueno,
ha pasado mucho mucho tiempo desde la última vez que escribí. Hay motivos de
peso al margen de ser más vago que el suelo, pero por fin me ha dado por
retomar esto. Y lo hago con un concepto un tanto difuso, que podría ser una
matización de todo lo que he comentado anteriormente, incluso una consecuencia.
Me gustaría puntualizar además que con todo lo que me ha pasado últimamente he
podido llegar a sacar incluso más y mejores conclusiones, he intentado aplicar
todo de lo que hablaba, y estoy contento de haber aprendido que no estoy del
todo equivocado (al menos respecto de mi mismo, ya que todo esto puede no ser
aplicable a nadie más, que creo que sería lo más lógico), y que se puede
utilizar todo. Eso si, hay cosas que son jodidamente difíciles de poner en
práctica, lo cual hace el camino a veces un tanto cuesta arriba. Aun así, me
voy a servir de esto como herramienta para reencontrar ese camino, para
encontrar esa colega esquiva llamada “Normalidad”, que todos tenemos en mente,
pero que dudo que hayamos experimentado nunca. ¿Qué es normal? ¿Cuándo hemos
estado bien del todo? ¿Realmente es sinónimo de felicidad? Pero bueno, tal vez
esto sean reflexiones para otro momento, vamos al tajo.
Lo
que yo entiendo por reafirmación, aplicado a la resolución de conflictos
internos y problemas, que parece ser la temática que más me ha empujado a
escribir, no es más que una ampliación de la “observación” de la que hablaba en
el post anterior.
Parte
de una búsqueda casi sistemática que tenemos todos de un refuerzo positivo por
parte de los demás y de nosotros mismos. Más bien una necesidad. Siempre nos
hace mejor el día saber qué hacemos bien, si estamos más o menos guap@s, vamos
por el buen camino o somos apreciados por los demás. Pero tal vez ese primer
refuerzo debe partir de nosotros mismos. Y nos hablo a un nivel superficial,
mirarte al espejo cada mañana y decirte: “Estás to bueno, eres un crack y lo
partes ahí donde vayas”. De hecho esto solo lo puedo visualizar o a lo American
Psycho o en modo choni poligonero.
Todo
esto va más de un examen de conciencia, a lo largo de una resolución de tus
conflictos vitales, sobretodo si son especialmente cañeros. Nuestro momento
vital suele crear una perspectiva limitada, pues tu mismo te limitas a tu nivel
consciente para interpretar lo que te pasa. Pero a veces no viene mal hacer un
esfuerzo y mirar en lontananza (no es muy aplicable esta expresión, pero me
gusta tanto que me muero por colarla en algún sitio) y ver si realmente estás
como estabas. Podría simbolizarlo el crecimiento del pelo. Tu un día piensas
que estás igual que el anterior, y que el de antes, y así sucesivamente. Tu
mierda mental es igual de grande, tus problemas igual de opresivos y tu avance
cercano al 0 absoluto. Además, no te ha crecido nada esa melena lustrosa que
tanto deseas llevar.
Pasado
un tiempo, sigues teniendo esos mismos pensamientos, esa misma obsesión. Es
momento de hacer ese examen de conciencia, de mirar atrás y asegurarte si
realmente estás como estabas, si no ha habido ningún cambio. Estoy
prácticamente seguro de que algún cambio hay, de que aunque sea leve, has
mejorado en alguno o varios aspectos. Sin darte cuenta, te miras al espejo como
cada mañana, y joder, tienes un pelazo que te cagas.
Ese
es el motivo de que vea importante tomarse un tiempo en reflexionar sobre las
pequeñas victorias conseguidas. Ninguna guerra se ha ganado en una sola
batalla, se necesitan muchas, grandes y pequeñas, mucho esfuerzo. Así que en el
momento de agobio máximo, ese momento en el que te preguntas “¿Cómo puedo
seguir así?”, gírate y mira si realmente estás como antes. Y aun es mayor
pérdida de tiempo si lo cuantificas con tiempo, pues este tipo de cosas no van
al peso. Superar algo de ocurrido en un instante te puede llevar media vida,
así como una situación de años te puede durar un fin de semana de fiesta.
Como
dicen los ingleses: It’s up to you.